Nuestro Mezcal

El Espíritu de las Montañas

En lo más alto de las montañas de Tlanipatla, Guerrero, donde la neblina abraza la tierra al amanecer y el viento susurra historias antiguas, nace Montelumbre. No es solo un mezcal, es el legado de generaciones, el fuego que arde en la tradición y el alma de quienes trabajan la tierra con pasión y respeto.

Cada gota de Montelumbre es el resultado de un proceso artesanal transmitido de padres a hijos. Los maestros mezcaleros guerrerenses seleccionan con sabiduría los mejores agaves, cultivados durante años bajo el sol ardiente y la brisa serrana. Con paciencia, cada piña madura es cocida en hornos de piedra bajo tierra, alimentados por leña que impregna el corazón del mezcal con su inconfundible sabor ahumado.
Después de días de cocción, el agave se deja enfriar para luego ser triturado a mano, con la misma dedicación con la que se han elaborado los mezcales desde tiempos ancestrales. La fermentación ocurre en tinas de madera, donde la naturaleza hace su obra, transformando el dulce néctar en un destilado lleno de carácter y pureza. Finalmente, el fuego y el cobre se combinan en la destilación, dando vida a un mezcal que respira la esencia de su origen.
Cada sorbo de Montelumbre transporta a las alturas de Tlanipatla, a las manos curtidas de quienes moldean su sabor con esfuerzo y orgullo. Su cuerpo robusto y su toque ahumado evocan las noches estrelladas junto a la fogata, el calor del hogar y la riqueza de la tierra que lo vio nacer.
No hay prisas en su elaboración, porque lo bueno toma tiempo. Montelumbre es más que un mezcal, es una experiencia, una conexión con la naturaleza y con la historia de un pueblo que ha sabido preservar sus raíces.
Quien lo prueba no solo disfruta de su exquisito sabor, sino que se vuelve parte de la historia que lo vio nacer. Porque en cada botella de Montelumbre, late el espíritu inquebrantable de Guerrero.